1853. Marzo 30, Groot-Zundert. El sur sopla un presagio. Aciago. Contradictorio. Nubes de desdicha. Resplandor eterno. Anna deja escapar entre sus piernas el llanto de un niño. Una alegría protestante sacude el canto de los mirlos. El vástago ha trepado ahora su corazón a la paz del seno materno. El padre camina en círculos. Una sensación discordante lo embarga. Una muerte le nubla la memoria. Hace un año, casi exactamente, ha nacido un retoño sin vida. Theodorus mira a su mujer. Ella eleva sus ojos sumisos hacia los de su marido pastor. Este acaricia el destino en la cabeza niña. Arroparán al bebé con el nombre de su hermano muerto. El cielo se turba en Holanda.
Un puente que cruzar
Basta cruzar un puente del presente para desembocar en el pasado. En el siglo XIII, había terminado de erigirse la iglesia de Auvers-sur-Oise, un pueblito que mece la quietud a unos 20 kilómetros de París. Tiene actualmente unos 7.000 moradores.
En poco más de dos meses de sus últimos días, el holandés ha pintado allí 70 cuadros. Seguramente, sus retinas aún están impregnadas del trigal, de esa iglesia gótica donde su corazón religioso se ha conmovido, de los cuervos que alientan todavía las jornadas. La iglesia es más bien pequeña, oscura, sombría. En la fría piedra están incrustadas las plegarias que reviven ahora con la música de cámara los fines de semana.
A la derecha, en una esquina, un modesto cartel informa que, a 300 metros, está enterrado el artista. Hacia la izquierda, una casa de campo va conquistando el paisaje. Cuesta arriba se llega a un cementerio de dimensiones modestas, que no excede la manzana.
En la entrada principal, no hay indicación alguna. Luego de deambular sin ton ni son en busca del "monumento", sobre un muro y entre dos mausoleos, dos lápidas miran sin pestañear al sol del mediodía: Ici repose Vincent van Gogh (1853-1890) y a la par, Theo van Gogh (1857-1891). Un tapiz de hiedra abriga el dolor de las tumbas fraternas. Flores silvestres y amarillas evocan los girasoles de los sueños de Vincent, que en sus 37 años un solo cuadro vendió. No se reconocen allí las huellas de turistas.
Carta al aire
La melancolía va ganando el corazón de la siesta. Imágenes del Trigal con cuervos, el Retrato del doctor Gachet o Trigal bajo el cielo tempestuoso planean sobre el paisaje de cruces.
Una carta a Theo se dibuja en aire:
Querido hermano: las enfermedades de nuestro tiempo no son en suma más que un acto de justicia; si hemos vivido años de salud relativamente buena, tarde o temprano nos ha de tocar nuestra parte. En cuanto a mí, ya comprenderás muy bien que no habría escogido la locura si hubiera tenido que elegir, pero cuando a uno le cae una carga semejante, ya no pesca nada más... Es bueno amar tanto como se pueda porque ahí radica la fuerza verdadera y el que mucho ama realiza grandes cosas y se siente capaz, y lo que se hace por amor está bien hecho...
A pocos metros, en la puerta lateral del cementerio de Auvers, que casi nadie emplea para entrar, un cartel informa: "Detrás de este muro está sepultado Van Gogh".
1890. Julio. Domingo 27. Auvers-sur-Oise. Soledad, angustia, locura, desamor le van descentrando los ojos del alma. Por la tarde salen sus pasos. La muerte trastabilla en los trigales. Graznidos de cuervos estropean el silencio. Pensamientos agitados deambulan sin brújula.
Querido Theo: No te oculto que hubiera preferido morir a causar y sufrir tantas molestias... Sufrir sin quejarse es la única lección que hay que aprender en esta vida... Lo mejor es quizás ridiculizar nuestras pequeñas miserias y también un poco las grandes de la vida humana... Nosotros, los artistas, no somos más que cántaros quebrados...
Preguntas sin respuestas. El cielo gira en sus pupilas. Nubes se sientan en su frente. La sangre bulle. Una pistola danza nerviosa entre las manos. El gatillo cede. Reventón de pájaros en el trigal. La bala desacomoda el corazón. Arrastrándose, Vincent van Gogh llega hasta su pieza. Le dice a monsieur Ravoux: "Me disparé. Sólo espero no haber errado". La agonía se estira hasta el martes 29. Su hermano llega de París y quiere convencerlo de que la muerte no ha tomado aún el tren. "No llores, Theo, lo hice por el bien nuestro... La tristeza permanecerá..." Un rumor de pinceles titila desde entonces en la eternidad.
© LA GACETA Roberto Espinosa - Escritor, periodista de LA GACETA.